Rodrigo de Bastidas: el más humanitario de los conquistadores y el más generoso de los amigos


Rodrigo de Bastidas, conquistador sevillano que da nombre a la Asociación Rodrigo de Bastidas que amablemente nos envió este artículo para su difusión en los medios del Ateneo Hispalense e Iberoamericano.

 

¿Quién fue Rodrigo de Bastidas?. Por Rubén Rodríguez Abril, miembro de la Asociación Juvenil y Cultural Rodrigo de Bastidas.

«No puedo abstenerme de alabar la paciente virtud de los españoles: raramente o nunca se encuentra que ninguna nación haya soportado tantas desventuras y miserias como ellos en sus descubrimientos de las Indias; sin embargo perseverando en sus empresas con una constancia invencible, han anexionado a su reino tantas buenas provincias como para enterrar los recuerdos de todos los peligros pasados». (Walter Raleigh, Historia del Mundo)

Sevilla era, a finales del siglo XV, un hervidero de gentes y de ideas en el que fluían de un lado a otro. Primicias sobre las nuevas tierras descubiertas al otro lado del Atlántico, y sobre las ingentes riquezas que éstas albergaban en oro, en perlas y en especias. Los viajes colombinos y las disposiciones del Tratado de Tordesillas habían dejado expeditas las vías marítimas hacia las Indias Occidentales a las naves de la Corona de Castilla, y numerosos navegantes estaban dispuestos a participar en las nuevas expediciones hacia Occidente.

Aunque las Capitulaciones de Santa Fe atribuían exclusivamente a Colón la condición de Almirante, Virrey y Gobernador General de todas las islas y tierras firmes que descubriera «en las Mares Océanas», pronto los Reyes Católicos desconfiaron del poder creciente de la familia Colón, y decidieron autorizar viajes alternativos a las Indias Occidentales liderados por otros navegantes destacados de la Corona de Castilla, como Alonso de Ojeda o Pedro Alonso Niño: La historiografía tradicional española conocería a estos periplos con el nombre de viajes menores o viajes andaluces, y gracias a los mismos pudo obtenerse por vez primera información cartográfica sobre buena parte de la costa atlántica de Sudamérica.

Uno de los paladines de estos viajes hacia el Nuevo Mundo fue el individuo que tiene el honor de rubricar con su nombre nuestra asociación, y que en este preciso y propicio momento entró para siempre en la Historia del Descubrimiento: Se trata de Don Rodrigo Gutiérrez de Bastidas, vecino de Triana y nacido en este mismo arrabal sevillano en torno al año 1445.

Escribano de profesión, en el verano del año 1500 capituló con la Corona de Castilla y de León y obtuvo el permiso de explorar aquellas zonas de las Indias Occidentales a donde aún no hubieran llegado los viajes de Colón ni las exploraciones de los navegantes portugueses. Ayudado por el célebre marino montañés Juan de la Cosa, Bastidas preparó durante siete meses una expedición marítima hacia el Nuevo Mundo. Creó una sociedad mercantil a través de la cual diecinueve armadores sevillanos financiaron la compra de dos navíos, así como la adquisición de toda clase de pertrechos y de mercancías con las que comerciar con los indios. La tripulación de la expedición se componía fundamentalmente de marineros de origen andaluz y vasco. Entre ellos se contaba a Vasco Núñez de Balboa, el futuro descubridor del Océano Pacífico.

En el momento en que Bastidas se hace a la mar, enero del año 1501, los marineros castellanos tan sólo disponían de las referencias geográficas y náuticas ofrecidas por los tres primeros viajes de Colón, así como por el primero de Alonso de Ojeda. Dichas referencias serían plasmadas magistralmente por Juan de la Cosa en su célebre mapa, elaborado en el Puerto de Santa María en septiembre del año 1500 y que hoy en día se exhibe en el Museo Naval de Madrid. Grosso modo, podría decirse que cuando Rodrigo de Bastidas culmina los preparativos para su expedición, el Nuevo Mundo conocido para los castellanos se reducía a las Antillas y a la costa septentrional de Brasil, las Guayanas y el litoral venezolano hasta el cabo de la Vela. Más al Occidente, todo era aún terra incognita.

En este momento existía un consenso entre navegantes y cartógrafos en considerar a estas tierras como una prolongación oriental de Asia, idea que perduraría hasta la publicación de la Cosmographia Universalis de Martin Waldseemüller en el año 1507. La Corona de Castilla y de León trataba aún de alcanzar con sus naves los lugares asiáticos de leyenda descritos en la Geografía de Ptolomeo, las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, o el Libro de las Maravillas de Jean de Mandeville. Países entre los que podemos citar a Catay -el reino del gran Khan visitado en su día por Marco Polo y ubicado en el norte de China-, Cipango -que se corresponde con el actual Japón-, o las islas de Chryse y Argyre abundantes en oro y plata respectivamente−. El propio Colón consideraba que las Antillas Menores, a donde se dirigiría con posterioridad la expedición de Rodrigo de Bastidas, estaban a tan sólo 30º de longitud del Quersoneso Áureo (Estrechos de Malaca), y a pocos días de navegación de la desembocadura del Río Ganges. La Tierra Firme cuya exploración había sido concedida a Bastidas, era una masa continental virgen en la que audaces navegantes podían encontrar maravillas de leyenda.

Así pues, dirigiéndose hacia lo desconocido, los navíos de Rodrigo de Bastidas partieron del puerto de las Mulas, en Sevilla, a principios del año 1501, y tras hacer escala en Cádiz y la Gomera, iniciaron su ruta a través del Atlántico siguiendo la trayectoria del viaje inicial de Alonso de Ojeda.

La primera tierra que tocaron fue una isla situada entre Guadalupe y el continente, a la que llamaron la Isla Verde, y de allí llegaron a Tierra Firme. Navegaron por la costa venezolana en dirección oeste hasta el Cabo de la Vela. Prosiguieron su viaje a lo largo del actual litoral colombiano, llegando a la desembocadura del río Magdalena y posteriormente entrando en el Golfo de Urabá, al que llamarían Golfo Dulce. Su periplo por Tierra Firme concluyó cuando alcanzaron el Puerto del Retrete (actual Panamá), momento en el cual decidieron iniciar el tornaviaje a España.

Desafortunadamente, los barcos habían sido afectados por el mal de la «broma» y estaban gravemente dañados, así que Bastidas decidió repararlos en una isla cercana a La Española. Sin embargo, dos tormentas posteriores afectaron de tal modo a los navíos que poco después se hundieron, y los hombres de la expedición no tuvieron más remedio que marchar a pie −divididos en tres partidas− a la capital de la Isla de la Española, Santo Domingo, lugar donde tenían prohibida su estadía en los términos de la capitulación del viaje. Fueron apresados por el enviado real Francisco de Bobadilla, y tras ser procesados se les absolvió de todos los cargos. Regresaron a España en el año 1502, y su expedición, a pesar de las pérdidas, pudo considerarse como un éxito comercial, pues se obtuvo una cantidad no despreciable de oro, perlas y palo Brasil. La Corona recompensó al capitán con la cesión vitalicia de las rentas de los territorios de Urabá y de Sinú.

En el año 1504, Rodrigo de Bastidas abandonó para siempre su tierra natal y se instaló definitivamente en el Nuevo Mundo, concretamente en la ciudad de Santo Domingo, donde pronto se convertiría en uno de los habitantes más ricos de la ciudad. Aquí, durante casi veinte años se dedicó a las más variopintas actividades entre las que podemos citar el rescate de oro de los indios, la cría de ganado, el lucrativo negocio de perlas o la importación de mercancías de Castilla. Durante su estancia en la Española Bastidas tuvo un hijo, llamado también Rodrigo, que con el tiempo se convertiría en obispo de Coro (Venezuela) y de Puerto Rico.

Conocedor de las amplias potencialidades económicas de las tierras que había descubierto casi veinte años atrás, Rodrigo de Bastidas obtuvo en el año 1524 permiso de la Corona para gobernar y poblar la región situada entre la boca del río Magdalena y el cabo de la Vela. Fue nombrado Adelantado y se le atribuyó el privilegio de repartir entre los colonos aguas, tierras y solares. Eran aún pocos los pobladores de Santo Domingo dispuestos a trasladarse al litoral septentrional de Sudamérica, por lo que nuestro protagonista tuvo que recurrir a todo tipo de dádivas e incluso a satisfacer de su bolsillo créditos de personas condenadas a prisión por deudas.

La nueva población de Santa Marta (la más antigua de Sudamérica después de Cumaná) fue fundada por Rodrigo de Bastidas en el año 1525, y en los años subsiguientes dicha ciudad devendría instrumental en la exploración y conquista de Colombia: de ella partieron, entre otras, las expediciones que fundaron Bogotá y Cartagena de Indias. Desafortunadamente para Bastidas, en el año 1527 estalló una rebelión en Santa Marta, dirigida por su lugarteniente Juan Villafuerte, que casi acaba con su vida. Gravemente herido decidió trasladarse a Santo Domingo para reestablecer su salud, pero los vientos empujaron su nave hacia Santiago de Cuba, donde murió el 28 de julio de 1527, en casa de la portuguesa Mayor de Acevedo.

Los restos de Rodrigo de Bastidas fueron inhumados por su hijo en la catedral de Santo Domingo. A mediados del siglo XX y a petición del gobierno local de Santa Marta, sus restos fueron trasladados a esta ciudad, en cuya catedral reposan. Desde 1928 una gran estatua de Rodrigo de Bastidas corona la preciosa bahía de Santa Marta, donde cada 29 de julio, fecha de fundación de la ciudad, la corporación municipal coloca una corona de laurel en su homenaje. En dicho monumento reza el siguiente epitafio:

«De él se dice que fue el más humanitario de los conquistadores y el más generoso de los amigos».

 

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